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Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos
de
FEDERICO GONZALEZ FRIAS

LA CORONACIÓN DE UNA OBRA
por
Francisco Ariza

Cap. XXV de su libro: La Obra de Federico González. Simbolismo,
Literatura, Metafísica

I

Cerramos este estudio sobre la obra de Federico González con un capítulo dedicado a su libro más reciente, el Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos,1 que con novecientas páginas y más de mil entradas ha sido enriquecido con una no menos extensa iconografía muy cuidadosamente seleccionada, todo lo cual le ha permitido a nuestro autor abundar en sus conocimientos sobre un amplio abanico de temas que versan sobre la Ciencia Sagrada y de cuanto atañe a los símbolos, los mitos y todo lo relacionado con lo sagrado y la iniciación a los misterios. Esto, para quienes nos nutrimos intelectualmente de su obra y vemos en ella lo que realmente es: la presencia viva en pleno siglo XXI de la Filosofía Perenne, es sin duda alguna motivo de gran alegría.

El propio Federico manifiesta que “este diccionario responde a intereses metafísicos”,2 y bajo esa premisa pensamos que debe acometerse su estudio para extraer de él toda su substancia nutricia, pues naturalmente por dichos “intereses” hemos de entender las ideas y principios universales que han conformado la vida y la cultura de todos los pueblos y civilizaciones de la tierra –y por tanto del hombre– desde tiempo inmemorial. Diríamos más: este Diccionario es en sí mismo una entidad intelectual-espiritual, y como tal una voz autorizada de la Doctrina Tradicional, o sea la cristalización de un Pensamiento emanado del Colegio Invisible, de la Academia Celeste, que constituye el “arquetipo verdadero de un mundo otro”, y lugar “de instrucción no humano de donde los sabios, chamanes, magos y teúrgos extraen su ciencia y su arte”, como podemos leer en la entrada del mismo nombre (Colegio Invisible). En verdad, este Diccionario es un eje, un puente, que nos comunica ese Pensamiento, el que todo ser humano puede recibir “sin otra condición que el amor al Conocimiento”.

Por este y otros motivos, algunos de los cuales iremos señalando a lo largo de este capítulo, no podemos catalogar a esta obra como un Diccionario al estilo del Diccionario de Símbolos de J. E. Cirlot, o el Diccionario de los Símbolos de J. Chevalier y A. Gheerbrant, e incluso del Dictionnaire Initiatique de H. Masson, etc. Desde luego que tiene una convergencia con todos ellos, que, por lo demás, están escritos con seriedad y desde un conocimiento fehaciente del tema que tratan. Son diccionarios realmente de consulta.

El de nuestro autor también lo es evidentemente, y un instrumento de trabajo en nuestras labores herméticas y metafísicas, pero él va más allá en el sentido de que trata al símbolo y a todo lo que éste significa no sólo como un soporte en el camino del Conocimiento, sino que habla de ese Conocimiento mismo que el símbolo le revela. Es una experiencia viva, y vívida, efectiva, la que se plasma en este Diccionario, y esto, para quien realmente lo sepa apreciar puede ver en él un punto de referencia permanente para ir verificando, y contrastando, su propia experiencia en ese camino, es decir en su aprendizaje de la Cosmogonía Perenne. Esto sólo sucede con obras que, como las de nuestro autor (y ésta en particular), están destinadas a desempeñar una función axial dentro del ámbito al que van dirigidas especialmente. Así ocurre también con la obra de René Guénon.3

Ese ámbito no es otro que el del esoterismo y el hermetismo, y en general el de los estudios tradicionales (cada vez más reducidos en este fin de ciclo); estamos convencidos que este Diccionario será un acontecimiento de relevancia en dicho ámbito, y su influencia intelectual, como la del resto de su obra, perdurará en el tiempo precisamente por eso, por tratar de un temario que por su propio contenido pertenece a cualquier época.

Empero, esto no quiere decir que no vaya dirigido también a un público más amplio. De hecho el Diccionario está escrito igualmente para ese público “no especializado”, es decir para toda persona interesada en la cultura sin más, que encontrará aquí colmadas todas sus expectativas; entre ellas la de conocer verdaderamente qué significa esta palabra, cultura, a la que nuestro autor despoja de los muchos equívocos, tergiversaciones y falsificaciones actuales (la “cultureta”), destacando su función como estructura que ha articulado el desarrollo de la existencia humana en conformidad con las leyes y principios del cosmos, y que se ejemplifican perfectamente en lo que se ha dado en llamar la Tradición, o sea la posibilidad de perpetuar esos mismos principios (emanados de un Ser Único) adaptándolos a la idiosincrasia –el alma– de los pueblos y a las circunstancias espacio-temporales marcadas por el devenir cíclico.

Recordaremos en este sentido que toda la obra de nuestro autor posee en sí misma un poder genésico, fecundante, que emana precisamente de su íntima vinculación con la sacralidad del Símbolo y las Ideas eternas que este vehicula, lo cual, unido a la belleza del lenguaje utilizado con que expresa ese vínculo, su “calidad literaria” podríamos decir y que siempre refleja la profundidad de su pensamiento, puede despertar en el lector el interés por estos temas, o bien, si ese interés ya existe, ensanchar aún más su horizonte intelectual, lo que hay que entender como “aperturas” de la conciencia a otras posibilidades superiores contenidas en ella misma, más allá de los estrechos límites de aquello que vagamente llamamos “la realidad”, o sea un mundo de supuestos aparentes que se diluyen como un azucarillo ante la majestad de lo verdaderamente Real.4

Será por tanto este Diccionario una obra a la que siempre acudiremos imantados por la fuerza de su energía espiritual, la que con toda seguridad provocará en sus lectores más de una catarsis purificadora, pues estamos hablando de la Doctrina metafísica actuando también como un disolvente sobre la dura costra de una “personalidad” ficticia, la que ha urdido el medio profano y que nada tiene que ver con nuestra auténtica identidad, que para empezar no es individual. En este sentido, el Diccionario tiene mucho de tratado alquímico (sin que necesariamente se recurra, salvo cuando es necesario, a la terminología alquímica), y en él están presentes las dos energías que jalonan todo el proceso iniciático, la disolución y la coagulación, solve et coagula.

Hay bastante por descubrir en este Diccionario, muchas ideas y muchas modalidades, o matices, de esas mismas ideas,5 que, como los indefinidos tonos que pueden adquirir los colores del arco iris, no habíamos advertido hasta el momento en que fijamos nuestra mirada, nuestra atención, en las palabras que los describen, y que de pronto aparecerán sumamente valiosos, y luminosos, en relación con nuestro proceso de Conocimiento. El lector se encontrará muchas veces ante una entrada que va plasmando el desarrollo de un pensamiento que se ha ido forjando modelado por esa idea-fuerza intangible, presente en el símbolo pero también formando parte de la misma estructura invisible de la vida del hombre y del cosmos. Pongamos el ejemplo de la entrada “Destino”:

Un don que se hace en ciertos hombres, que tienen necesidad de él y que fijan la voluntad en la prosecución de su camino.

Fin inexorable en el que confluyen la Necesidad, la Voluntad y finalmente se obtiene por la Providencia.

Para obedecer ese Destino hay que ver constantemente qué se está edificando, no perderse en indefinidos horizontales, equiparables a charlas de café; sino que se necesita una concentración, y tener presente en cierto modo todas las posibilidades, abocado uno a una permanente síntesis, y no moverse de esa perspectiva, o sea, no ser como otro –o el «otro»–, que eso no es ser: el hecho de imitar un modelo pero sin vivir el dramatismo y la comedia que éste te impone.

Quizá podría parecer que uno se evade, pero ello es imposible; son múltiples, indefinidos los recovecos que utiliza este juego, que es el Destino. → Fuga. Seguramente el sujeto haya luchado de joven en batallas más materializadas, o mejor, más visibles, aunque igualmente válidas, no obstante después vienen guerras más invisibles, internas, y desde luego, sin aquellas cualidades necesarias o sin haberlas terminado de realizar, hay al menos que comprender de qué se trata la doctrina para no retornar a lo mismo una y otra vez. Como se ha visto no todos los hombres tienen un destino sino que éste los hace crecer y los va forjando posteriormente. O, lisa y llanamente:

Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos. (Mateo 22, 14).

Entendemos entonces aquello que dice nuestro autor en la Introducción acerca de que él escribe únicamente sobre lo que conoce, o sea sobre lo que ha verificado previamente en su intelecto y en la experiencia de su propia vida, en donde existen momentos, puntos de inflexión, que determinan cambios profundos en su ser. De ahí precisamente esa “autenticidad” que apreciamos en todo lo que escribe, esa forma directa, cercana, con que nos comunica lo que ha descubierto en su viaje hacia el Sí Mismo. Como él ha recordado en más de una ocasión “conocer es ser” y “uno es lo que conoce”.

De esclarecimientos doctrinales está nutrido el Diccionario, y todo ello, unido a las reflexiones y meditaciones que surgirán en nosotros gracias a sus reiteradas lecturas, irá calando como “fino rocío”, poco a poco,6 con una cadencia que irá marcada exactamente por los ritmos de las coagulaciones y disoluciones –jalones de nuestro proceso de aprendizaje y conocimiento–, y que se van entrelazando en torno a un eje invisible que las equilibra constantemente, como las dos serpientes del caduceo hermético. La coagulación y la disolución son:

Las dos operaciones alquímicas fundamentales a las que se ven sometidas las cosas, seres y fenómenos en todos los mundos. Disolver es destruir, pero también esparcir, multiplicar; coagular es construir pero igualmente inmovilizar y reducir. Si este doble proceso es simultáneo se logra el equilibrio necesario, la imagen de la Armonía Universal, pues coagulando se disuelve y disolviendo se coagula; por lo que está implícito en ellos tanto el proceso iniciático como el cósmico, del que aquél es imagen.7

Abundando en todo esto el lector advertirá las muchas menciones a la Ciudad Celeste, al Colegio Invisible, a la Utopía, a la Iglesia Secreta, a la Tierra de los Vivos, y otras denominaciones semejantes, imágenes todas ellas de un “estado central” del ser donde la dualidad implícita en todo lo creado es continuamente conjugada en el siempre presente. Ese estado es la “aspiración” de cualquier conocimiento iniciático, y por ello no es raro encontrar por doquier esas expresiones en un Diccionario que precisamente trata de temas que son misteriosos por su propia naturaleza.

De hecho, nos podríamos preguntar qué es un diccionario de símbolos y de iniciación al Conocimiento sino un símbolo en sí mismo: un símbolo de la Memoria arquetípica espejada en el alma humana, la que habiendo sido fecundada por la energía de lo simbolizado, es decir por aquello que la propia comprensión del símbolo le ha revelado, testifica esa experiencia comunicándola en sus indefinidas formas y modos de expresión.

Nuestro autor sabe poner nombres y palabras a las ideas que conforman su pensamiento acudiendo precisamente al lenguaje de los símbolos. También a la paradoja, que siempre ha sido considerada una herramienta de primer orden en la didáctica iniciática, tal cual podría ser la del Sí Mismo vivido como una presencia siempre ausente, o una ausencia siempre presente. Un ejemplo de lo que decimos lo encontramos en la entrada “Iniciación”, de la que extraemos lo siguiente:

El neófito advierte «los Misterios del ser» en el Ser mismo que, como él, no sabe quién es, al punto de tener que contemplarse en el iniciado –una vez que éste se ha desembarazado de la espesa maraña de sus condicionamientos e ignorancia–, para conocerse. En este sentido creamos a Dios para que éste pueda mirarse en nosotros, la creatura, o sea que la madre auto generada pare al padre para que éste pueda fecundarla y de ese modo engendrar al mundo tal cual lo refieren distintas mitologías. Por lo que la identificación con la deidad no es sólo la definitiva del individuo con ella, sino un hecho cósmico de alcances inesperados y desconocidos.

Estamos hablando del invocador-invocado, paradoja que constituye un elemento indispensable del desarrollo de la creación a perpetuidad, ciclos que no tienen fin siempre que haya un ser que pueda identificarse con la Naturaleza Perfecta, capaz, como vemos, de ser un Dios, o participar con éstos en una nueva aventura olímpica.

La extraordinaria síntesis del pensamiento mítico y metafísico que se desprende de estas palabras es una constante a lo largo del Diccionario. Existe en ellas una asimilación tan profunda del esoterismo tradicional contenido en los textos sapienciales de cualquier época y de cualquier autor que no podemos por menos que considerar a esta obra como el fruto de una generosidad intelectual sin límites. ¡Cuánto hay en él de comprensión sobre los grandes temas que afectan al misterio del mundo, de la vida y del hombre, de lo que significa la búsqueda heroica del Conocimiento, de la identidad del ser, y de esa identidad misma!

Este Diccionario es la propia Tradición hablándonos directamente: ha sido escrito para uno mismo, ¿para quién si no? Es lo que fue Ariadna para Teseo, solo que aquí el hilo es esa llave que aparece en la portada. ¿Qué puede ser más elocuente que la imagen de una llave en el frontispicio de un Diccionario que trata precisamente de los símbolos y los temas, por sí misteriosos, que atañen a la iniciación a lo sagrado y la metafísica? En este caso sobra cualquier comentario añadido, salvo que, como indica nuestro autor, la llave es un término que “también está emparentado con ‘clave’, que es la encargada de mantener la puerta sellada”. La llave abre, pero también cierra; es lo mismo que el símbolo: revela, pero también oculta su tesoro. La llave ha sido siempre considerada un atributo en manos de la autoridad espiritual, la que transmite la Sabiduría primordial para mantenerla viva, y al mismo tiempo conservándola y custodiándola, como “un celoso guerrero”.

En la entrada Hermes Trismegisto señala nuestro autor que esta palabra, Trismegisto, alude al hecho de que a este numen se atribuye la posesión de las tres cuartas partes de la Sabiduría del mundo entero. Esto significa, entre otras cosas, que tiene la potestad y el conocimiento sobre los tres mundos que conforman la Manifestación Universal (Cielo, Mundo Intermediario y Tierra), o sea sobre todo aquello que puede ser nombrado por el hecho de haber venido a la existencia, emanada del Ser, el cual en Sí Mismo no tiene nombre ni está determinado pese a que es el origen del cosmos; el Ser en Sí mismo es un interrogante, un asombro permanente que jamás podrá ser resuelto salvo por El mismo. En la “Altísima Ciudadela de la Bienaventuranza Celeste” (Marsilio Ficino) la unión del Ser siempre es con el No-Ser, para quedar absorbidos ambos en la inagotable e infinita Toda Posibilidad, “que incluye sin dualidad lo nombrable y lo innombrable”.8


NOTAS

1 Ed. Libros del Innombrable. Zaragoza 2014. 19x24. 860 págs. 880 ilus. ISBN: 978-84-92759-57-6.

2 Esta frase la encontramos en la entrada dedicada a Coomaraswamy (Ananda K.), uno de los autores más destacados del siglo XX que dedicó su vida al estudio y divulgación del arte y el simbolismo tradicional.

3 Leemos en la entrada dedicada al gran metafísico francés: “El principal intérprete del pensamiento esotérico en el siglo XX; a medida que pasa el tiempo su figura se agiganta pese a las críticas y calumnias que se han levantado contra él desde que vivía. Encarnación del misterio, se ha discutido entre sus lectores cómo en su tiempo –que es el nuestro– puede haber surgido un sabio y un maestro de su talla. De lectura difícil, por la índole del pensamiento metafísico de su obra. De él se puede decir que ‘vino a los suyos y éstos no lo recibieron’ ”.

4 Estamos hablando del “arte mayéutica”, aquel que nos ayuda a nacer de nuevo, a renacer, y que en nuestro autor constituye sus más íntimas señas de identidad, presentes en toda su obra. Ver a este respecto el primer capítulo de Antología, titulado precisamente “Mayéutica”.

5 Este es el caso del término ‘enigma’ que encontramos en la entrada “Esfinge”, y que tiene desde luego matices que pasan desapercibidos, los que hay que saber distinguir con respecto a lo que significa realmente la idea de secreto.

6 “La gota de agua horada la piedra”, podemos leer en el Prefacio del Programa Agartha.

7 “Solve et Coagula”.

8Ayn”.